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domingo, 29 de enero de 2017

Antología de Ernesto Cardenal

Poemas del nicaragüense nacido en 1925 relativos a su concepción del universo en continua expansión y la relación entre el cosmos y dios, entre la creación y su creador. Y el Cristo hacia el que todo el universo confluye, según Teilhard de Chardin (nota del antólogo)



De Epigramas, 1961

Ileana: la Galaxia de Andrómeda...


Ileana: la Galaxia de Andrómeda,
a 700.000 años luz,
que se puede mirar a simple vista en una noche clara,
está más cerca que tú.
Otros ojos solitarios estarán mirándome desde Andrómeda
en la noche de ellos. Yo a ti no te veo.
Ileana: la distancia es tiempo, y el tiempo vuela.
A 200 millones de millas por hora el universo
se está expandiendo hacia la Nada.
Y tú estás lejos de mí como a millones de años.

sábado, 28 de enero de 2017

El análisis

Fue en la duodécima edición del Festival Internacional de Poesía de Rosario. En el Centro Cultural Bernardino Rivadavia estaba montada una especie de feria de libros y en el auditorio principal se desarrollaban las lecturas programadas. 



Fue una mañana, o temprano en la tarde, en una mesa con cuatro o cinco poetas. Era el año 1997 y el neoliberalismo dominaba el país, América y el mundo sin contrapesos a la vista. Tres años antes había estallado la burbuja mexicana -efecto tequila- y Argentina recibía los coletazos de un cimbronazo similar en el Brasil. Pero de todas maneras, la paridad un peso igual a un dólar mantenía la ficción primermundista de los argentinos.
Esa mañana -o esa tarde- en Rosario, subió al estrado un hombre canoso, con una gorra azul y se sentó al lado de sus colegas. Cuando le tocó el turno habló en forma pausada, casi morosa, como si contara un secreto. Y recordó sus tiempos en las cárceles uruguayas, cuando uno de los generales de la dictadura, que se había comprometido públicamente a no matarlo -ni a él ni a sus compañeros- hacía lo posible por quebrar su vida. Mencionó, en ese mismo tono menor, que había pasado años en pocilgas de dos metros por uno, unos pozos en los que apenas podía moverse, donde apenas entraba la luz del sol.
En esos días estuvieron mucho tiempo bajo tierra, con castigos que suprimían el agua. Por eso aprendieron a beber sus propias orinas. No veían un rostro humano, ni el sol; no se vieron entre ellos. Decía que el aislamiento era una tortura de otro nivel. A los dirigentes de la organización, los separaron por todo el país. De los nueve, uno murió en el calabozo y dos se trastornaron.
Contaba entonces que cada uno buscaba formas de salvación, formas de comunicarse. Sentados en el piso y con golpes en la pared reinventaron el código Morse con el cual se contaban historias, novelas que habían leído, anécdotas de su vida, intercambiaban análisis políticos. Para él también estaba la poesía, que escribía con retazos de lápices en el dorso del papel metalizado de los cigarrillos que fumaba sin cesar. Y con esos papeles fue construyendo una obra que después salió a la luz. Los poemas se adecuaban al tamaño del papel, tenían ritmo, rima, imágenes que Mauricio Rosencof recordaba de la vida libre, más las que le sugería el cautiverio. Años más tarde, él y sus compañeros -José Mujica, Eleuterio Fernández Huidobro y otros militantes del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros quedaron libres. Mujica llegó a la presidencia del Uruguay, y lo llevó a Fernández Huidobro, que fue su ministro de Defensa y murió en agosto del año pasado. Con Fernández Huidobro, Rosencof escribió las “Memorias del calabozo”, una especie de homenaje a su vida en la cárcel. Y su poesía, que entonces circulaba de mano en mano, cuando lo podían visitar su mujer o alguno de sus hijos y sacarla en forma clandestina de la cárcel, ahora es cantada con música compuesta por Jaime Roos, entre otros.

https://www.youtube.com/watch?v=Aw9X4bTzMG0

https://www.youtube.com/watch?v=AaoL2itJtfM

 https://www.youtube.com/watch?v=1B5lI58RKVo

https://www.youtube.com/watch?v=W0UGXc9nEPg

Veinte años después de la lectura en Rosario, en esta tarde calcinante de verano en Neuquén, el fin de año tiene más sabor a final que ninguno. En la penumbra de su casa, el Rulo levanta sus ojos y dice el análisis, el análisis de coyuntura, mientras tomamos un vino fresco.
¿Cómo es el asunto?, pregunto. Hay que buscar elementos de contacto, algo que nos dé esperanza, agrega cuando mi visión (pesimista) de la realidad no hace más que deprimir la tarde y busca imponerse como un animal poderoso en esta jungla terrible que es el país. O como un capitalista financiero que dominase los resortes de la economía, de la sociedad y de la política. Y no hay nada fuera de tanta asfixia.
El Rulo, paciente, sonríe. Mira a los costados y piensa otra vez en su cautiverio, en el de tantos y por tantos años. Y se pone didáctico: mirá, confía a media voz como si alguien ajeno pudiera escuchar, no teníamos nada: no veíamos la luz del día, nos suspendían los recreos y las visitas eran cada vez más cortas y vigiladas. En ese ambiente teníamos que buscar formas de esperanza, de sobrevivencia. Ese tono recuerda el de Rosencof en Rosario como si estuviera de regreso en el Bernardino Rivadavia, ante los mismos gestos para sobrevivir.
Afuera, los zorzales brincan en torno del agua de riego, buscan lombrices quizás, algún insecto, como los que los uruguayos comían cuando estaban en el pozo. O como los que acompañaban al Rulo en la cárcel, a la araña que esperaba pacientemente ver salir de su escondite día a día, cuando no había otro contacto con un ser vivo en esa celda. Él recorrió todas las prisiones federales del país durante la dictadura.
Sin contradecir abiertamente, explica: hay que rescatar esos gestos, esas huellas de la esperanza. Cuando estábamos a la sombra, no nos dejaban ni hablar entre nosotros. Y la única forma que encontramos fue volver al análisis de coyuntura, para saber dónde estábamos parados, para continuar con una práctica que nos permitía mirar la realidad, cambiarla quizás cuando estábamos en libertad. Y ahora enjaulados, nos servía para mantenernos. Era un espacio de supervivencia, permitía saber que estábamos vivos y que había una posibilidad de resistencia.
El Rulo trae a esa habitación penumbrosa, con dos vasos de vino tinto en medio, los códigos que inventaron en la cárcel para comunicarse, los métodos para transmitir esos pensamientos, esos análisis. Los compañeros, dice, nos necesitábamos unos a otros. Inventamos un sistema de golpes en la pared, o en la cañería. Un golpe, sí; dos, no.
Cacho y Toto a veces recuerdan también, en los asados, mientras Alcira,su compañera, interviene: ella siguió al Rulo por todas las cárceles. Su resistencia estaba por ese lado, con organismos incipientes: la asamblea, familiares de detenidos, cels, madres, abuelas.
En un papel de cigarrillo, dice, transcribíamos los documentos de la conducción, cada uno su parte. Lo enrollábamos, con el papel metalizado por fuera, envuelto en el celofán, le decíamos “el caramelito” porque si llegaban la requisa o la guardia de improviso, lo guardábamos en la boca. A vecs, cuando lo tragábamos, había que buscarlos en el inodoro a los dos o tres días para rescatarlos.
Es inevitable rememorar el relato de Papillon, la novela de Henri Charrière, que estuvo de moda en esos años, aunque en este caso la operación fuera al revés. Además, nada que ver con Alcatraz y guardar dinero, no. Era apenas el comentario sobre política, sociedad, economía, cultura, formas de interpretar la realidad. Cuando no tenían recreos juntos, el caramelito pasaba de mano en mano en los baños, a los que concurrían en grupos.

Ahora, Mauricio Rosencof tiene más de ochenta años y piensa que la muerte no es un problema, porque "cuando ella está yo no estoy, cuando yo estoy ella no está"-. Pero esa tranquilidad está lejos de significar quietud. Este hombre que no tiene en su vocabulario la palabra arrepentimiento, vive sus días como una construcción para ser "mejor tipo" y fiel a un juramento que hizo hace más de 30 años con Fernández Huidobro cuando estaban recluidos en un pozo: dar testimonio de lo vivido.

Y el Rulo concluye: hay que seguir con el análisis de coyuntura, que nos junta, que crea espacios donde no entran ellos. La resistencia también necesita alegría, y si es necesario, vamos con la verdulera. Seguimos. Esto no es peor que aquello: ahora no hay desaparecidos, no estamos presos,  la CGT no está intervenida, pese a todo. Ahora no nos matan. No pueden. Estamos vivos, y seguimos.

Gerardo Burton
geburt@gmail.com

martes, 20 de diciembre de 2016

De Bahía Blanca al Valle: Osvaldo Costiglia y Álvaro Urrutia

Texto leído en la presentación de ambos poetas en la Casa de las Culturas de la ciudad de Neuquén, en diciembre de 2016

Osvaldo Costiglia - Álvaro Urrutia


Veamos: leer los poemas de Osvaldo Costiglia y Álvaro Urrutia nos (me) ponen ante dos vertientes o tradiciones en la poesía argentina. Voy a hablar sobre la base de algunos poemas que leí de ambos.

Costiglia, que compone sus textos como si dentro de ellos circulara el aire, un aire, entre la luz y la sombra, no pertenece a ninguno de los enclaves municipales en que se agrupan los poetas en el país. No es de las grandes metrópolis. Es -y esto lo dijo hace tiempo Raúl Mansilla, cuando hizo que yo lo encontrara, como los grandes poetas que optaron por ese centro dislocado que es el margen. Y pienso en Juanele Ortiz, En José Leónidas Escudero, en Bustriazo Ortiz. También en Irma Cuña, que al final volvió a la querencia y aquí terminó de bordar su obra, donde la había empezado. Ésta es, entonces, una de las grandes vertientes, asociada quizás -y esto es una opinión- a Antonio Porchia, a Roberto Juarroz, dos poetas que también hoy están fuera o lejos de los centros.

sábado, 3 de diciembre de 2016

Poemas de Jorge Isaías - selección

Selección de poemas del santafesino Jorge Isaías, contemporáneo nacido en 1949



XII

Anduvo el aire
metido en erupción
alegre de calandrias
anduvo la calandria
persiguiendo torcacitas.
Anduvo el aire claro
deflagrando eneros y silencios.


martes, 1 de noviembre de 2016

Rogelio Martínez Furé: cimarrón de palabras

El festival de poesía estaba a punto de terminar, y Ada y Sinecio habían insistido en que ir a verlo. “Es premio nacional de Literatura del año pasado”, decían, como para convencer. Y en La Habana, esa tarde del 27 de mayo hacía calor, un calor húmedo que se reflejaba en el incendio que las flores del flamboyán de la plaza ponían entre cielo y tierra.
La cita era en el aula de poesía de Amnios, una revista cubana que dirige el poeta Alpidio Alonso. En una pequeña sala, con las butacas colmadas, estaba Rogelio Martínez Furé acompañado por dos de sus discípulos: Carmen González y Sinecio Verdecia y el anfitrión. Martínez Furé, sentado contra un rincón, conversaba en una entrevista. Alto, con una camisola de fondo azul con arabescos blancos, un pantalón de liencillo también blanco y su mirada hacia arriba, como en busca de las palabras que iría a pronunciar. Es el “ashé”, que carga a la palabra hablada, que le pesa y le otorga ese sentido profundo que la hace fundamental, originaria, permanente en su fragilidad.

domingo, 2 de octubre de 2016

El concepto de vanguardia, por Francisco Urondo

Este artículo está tomado del blog Del Amasijo, que gestiona la poeta María del Carmen Colombo. Originalmente fue publicado en la revista Crisis número 17, de septiembre de 1974. Y se publica en esta página porque creemos que toda poesía es política.



I


"El concepto de vanguardia, incorporado a la teoría revolucionaria universalmente, es una verdad científica ampliamente verificada en distintas épocas de este siglo y en diversas latitudes de este mundo. La íntima relación que existe entre los problemas culturales y los problemas político-sociales e históricos, la imposibilidad de separar a unos de otros. Incluso para el análisis, permitiría aventurar la idea de incorporación del concepto de vanguardia para la resolución del campo específicamente cultural.Por ese camino podrían ser evitadas las desviaciones populistas. También las desviaciones de izquierda, con su carga natural de ideologismo. Como en los problemas estrictamente políticos, tanto una desviación como la otra puede ser conjurada a través de una vanguardia que impida ignorar la experiencia concreta del pueblo que la rodea, como suele ocurrirle a la izquierda, pero que tampoco idealice a ese pueblo, como suelen hacerlo los populistas.Los hombres que den los primeros pasos, que encaminen la construcción de esa vanguardia, tendrán que identificarse con el campo popular –sin idealizarlo--, aunque no pertenezcan naturalmente a la clase productiva. Deberán hacerse cargo de la problemática de esta clase. No es suficiente estar cerca de los trabajadores para conocerlos. No es suficiente estar cerca o conocer las realidades de un pueblo, sino que hay que identificarse con esa realidad, correr la suerte del agredido.

lunes, 26 de septiembre de 2016