Es una colección de once textos rescatados de los papeles del poeta más de cincuenta años después de su fusilamiento por parte de las tropas de Francisco Franco.
AY VOZ SECRETA DEL AMOR OSCURO
¡Ay voz secreta del amor oscuro!
¡ay balido sin lanas! ¡ay herida!
¡ay aguja de hiel, camelia hundida!
¡ay corriente sin mar, ciudad sin muro!
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martes, 1 de abril de 2014
domingo, 29 de diciembre de 2013
Itálicas, por Giuseppe Ungaretti
Perfume de algas
Ahora sueño al percibir otra vez el perfume de las algas de este mar. Un perfume único en el mundo. Su frescura punzante aquí es enorme, como la náusea que la acompaña.
Alejandro Magno
“¿Por qué esos hombres escarban como hormigas bajo esa mezquita, en tumbas de santones y bajás en todas esas galerías?”
“Buscan la sema donde Alejandro Magno recibió su sepultura y honores como un dios”.
Quizá no regrese a la luz, en su féretro de cristal, el cuerpo embalsamado del venturoso monarca; pero esta ciudad que él erigió sobre la arena fue, durante nueve siglos, la caldera en que se consumieron y fundieron los sueños de Oriente y Occidente. El hecho de sacarla a la luz es algo que merece toda la veneración en siglos venideros.
Alejandro, lleno de ceñuda gracia sobre el ímpetu del caballo, como puede verse en antiguas figuras, de los veinte a los treinta y tres años de su rápida existencia, realizó prodigios, y siempre lo he admirado como el modelo de la juventud.
Nació cuando comenzaba a propagarse la idea de que ser griego no dependía de la sangre sino de la educación; cuando corría la voz de que digno de llamarse griego era quien, en virtud de sentirse tal, demostraba ser hombre verdadero al colocar su dignidad en la plenitud humana. Nació cuando surgía el helenismo, esa corriente de ideas que impelía al griego a sentir su misión no como algo municipal sino universal. El discípulo de Aristóteles también era fruto de una tierra a la antigua.
A Filipo, su padre –del cual fue heredero a los veinte años de edad-, debió el ordenamiento rural de la Macedonia, de la que fue rey, y la lúcida energía que impuso al comando en la guerra de los demás estados griegos, presa ya de las discordias civiles. Olimpia, su madre, era de sangre furibunda: portaba como collar una serpiente viva. Era natural que Alejandro no pudiese concebir la idea del helenismo, que también la animaba, sino mediante una fantasía homérica.
Basta echar una ojeada a un mapa para medir la vastedad de su aventura, la primera grande de Occidente. Empleando los nombres actuales, ésta incluía Egipto y Cirenaica; en Asia Menor, Siria, Palestina, Armenia, Kurdistán, Mesopotamia, Persia, Bujara, Afganistán y Beluchistán. Cruzó el Indo.
El imperio se desmembra al morir Alejandro; pero no cesa, en vastas zonas, el dominio helénico; y no cesa lo que habría de tener consecuencias memorables incluso en la India: la prosecución espiritual de la aventura. Se establece una prolongada convivencia de la civilización europea con varios mundos orientales, una lenta corrupción de pensamientos y de formas que renovaría el mundo.
Se ha dicho que Alejandría fue la caldera donde el complejo tormento antiguo alcanzó la solución. Y por muchas razones. En principio, me parece, porque Alejandría se convirtió en el puerto del mundo; por surgir más acá del umbral de Egipto, en cierto sentido, Alejandría no formaba parte de Egipto. Ciudad extranjera, distante del Nilo, Egipto es un oasis cerrado. La suya fue una civilización singular, que recibió de la naturaleza y pidió al arte todas las precauciones para permanecer impenetrable en torno de su río.
jueves, 3 de octubre de 2013
Creer o reventar: poesía a dos voces
por Gerardo Burton
Dos voces, una voz, dos voces. Creer o reventar, un diálogo poético pop en el escenario de la religiosidad popular, donde pululan los santos que jamás llegan a los altares de la ortodoxia y por eso quedan, sobre todo, a los costados de las rutas poblados de exvotos.
Las botellas de la Difunta; los paños rojos del Gauchito, las canciones de Gilda y el desparpajo de estar en el margen, cultivarlo y no abandonarlo jamás. Así son los poemas que Ro Olivero y Carina Rita (Medina de apellido, casi un emblema de cumbia su nombre) profieren dos voces, con dos lenguas que horadan con palabras y cantos la normalidad y las convenciones.
Dos voces, una voz, dos voces. Creer o reventar, un diálogo poético pop en el escenario de la religiosidad popular, donde pululan los santos que jamás llegan a los altares de la ortodoxia y por eso quedan, sobre todo, a los costados de las rutas poblados de exvotos.
Las botellas de la Difunta; los paños rojos del Gauchito, las canciones de Gilda y el desparpajo de estar en el margen, cultivarlo y no abandonarlo jamás. Así son los poemas que Ro Olivero y Carina Rita (Medina de apellido, casi un emblema de cumbia su nombre) profieren dos voces, con dos lenguas que horadan con palabras y cantos la normalidad y las convenciones.
viernes, 27 de septiembre de 2013
El absurdo creador
Jean Cohen, teórico de la poesía, es autor de dos obras: Structure du langage poétique (Flammarion/Champs, 1966) y Le haut langage (Flammarion, 1979). El segundo se reeditó en José Corti en 1995, poco después de la muerte del autor. Este artículo apareció en Les Inrockuptibles (número 13) en ocasión de esa reedición.
por Michel Houellebecq
Structure du langage poétique (Estructura del lenguaje poético) cumple los criterios de seriedad de la Universidad; lo cual no tiene por qué ser forzosamente una crítica. Jean Cohen observa en su libro que la poesía se permite considerables desviaciones comparada con el lenguaje prosaico, ordinario, el que sirve para transmitir información. Emplea constantemente epítetos no pertinentes (“crepúsculos blancos”, Mallarmé; “negros perfumes”, Rimbaud). No se resiste al placer de lo obvio (“No lo desgarres con tus dos manos blancas”, Verlaine; el espíritu prosaico se ríe burlón: ¿acaso ella tenía tres?). No le asusta cierta inconsecuencia (“Ruth pensaba y Booz soñaba; la hierba era negra”, Hugo; dos notaciones yuxtapuestas, señala Cohen, cuya unidad lógica no se entiende demasiado bien). Se complace con deleite en la redundancia, proscrita en prosa con el nombre de repetición; un caso límite sería el poema de García Lorca Llanto por Ignacio Sánchez Mejías,, en el que las palabras “cinco de la tarde” aparecen treinta veces en los primeros cincuenta y dos versos. Para establecer su tesis, el autor lleva a cabo un análisis estadístico comparativo de textos poéticos y textos en prosa (para él, el colmo de prosaico –cosa muy significativa- son los escritos de los grandes científicos de finales del siglo XIX: Pasteur, Claude Bernard, Marcelin Berthelot). El mismo método le permite comprobar que la desviación poética es mucho mayor en los románticos que en los clásicos, y aumenta todavía más en los simbolistas. Uno, intuitivamente, ya se lo olía; no obstante, es agradable verlo demostrado con tal claridad. Cuando acaba el libro, uno está seguro de una cosa: el autor ha señalado ciertas desviaciones características de la poesía, sí; ¿pero a qué tienden todas esas desviaciones? ¿Cuál es su objetivo, si es que lo tienen?
jueves, 15 de agosto de 2013
Daniel Giribaldi: dos sonetos
jueves, 25 de julio de 2013
De “Esas ramas altas”, de Jorge Isaías
Tres poemas elegidos al azar de este volumen editado por Ciudad Gótica en Rosario, en abril de 2013. Son textos cargados de lirismo y melancolía, que convocan a la introspección, a la meditación. Isaías demuestra que la contemplación no es patrimonio exclusivo de monjes o practicantes del budismo zen. Al final, una crítica de Ana Bugiolacchio.
XXII
En el ocaso
fue la sangre
del sol
entre las altas
llamaradas
de los pinos.
o el cobre
de los fresnos
en la quietud
de un abril
lejano
que abrió
como una llave
aquella luz
para siempre
recordada.
XXII
En el ocaso
fue la sangre
del sol
entre las altas
llamaradas
de los pinos.
o el cobre
de los fresnos
en la quietud
de un abril
lejano
que abrió
como una llave
aquella luz
para siempre
recordada.
sábado, 20 de julio de 2013
Alda Merini: Poemas
Su esperma bebido por mis labios
era la comunión con la tierra.
Bebía con mi magnífica
exaltación
mirando sus ojos negros
que huían como gacelas.
Y jamás una manta fue más
cálida y lejana
y jamás fue más feroz
el placer dentro de la carne.
Nos partíamos en dos
como el timón de una nave
que se abría para un largo
viaje.
Teníamos con nosotros los
víveres
para muchos años todavía
y besos y esperanzas
y no creíamos más en Dios
porque éramos felices.
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